La "histeria femenina", el consolador y Rosemary Kennedy.....
"El consolador nació como un utensilio terapéutico contra los ataques de histeria y luego se volvió sofisticado objeto precioso para el puro placer y la mañosería.
Cuando alguien escucha la palabra vibrador, consolador -o dildo como lo llaman en el mundo anglosajón por copia del italiano diletto- de inmediato piensa en un instrumento pernicioso, ilegal, de aspecto turbador, propio para gente mañosa y perversa. Craso error. Dicho artefacto de arcana procedencia, aunque es producto de la industria moderna, activado con energía eléctrica, nació como idóneo utensilio terapéutico, debidamente patentado, que operaban los médicos para calmar en las mujeres los ataques de histeria. Sears Roebuck lo vendía por correo desde 1918 y aparece en el ahora clásico catálogo de 1927, página 664, cuya reedición para bibliómanos, 1970, tengo a la vista.
Entre los consoladores naturales, el plátano siempre fue el rey. Al menos desde 1492, cuando Europa lo encontró en el Caribe. Por arte de birlibirloque, una alabanza al plátano, evidentemente tardía, interpolada, aparece en el texto corriente de Las mil y una noches: "Oh, plátano de suave y delicada piel; tú que dilatas los ojos de las doncellas; tú solo entre las frutas eres agraciado con un tierno corazón; oh, consolador de viudas y solitarias". A falta de plátano, China contaba con un nabo grueso que hervido tomaba la consistencia del caucho. Por eso los europeos al descubrirlo lo rebautizaron "trompa de cochino".
En este contexto de ahogos y vahídos vivió su juventud Rosemary Kennedy, hija de la famosa dinastía política bostoniana. Sabemos que para una criolla limeña era muestra de distinción y estirpe desmayarse al ver un ratón o sentir el remezón de un temblor. El caso es que desde los tiempos de Hipócrates, Galeno, Avicena, Paracelso, Harvey, Jung, la histeria rebasaba todo recurso de la medicina. ¿Qué remedio podría calmar el furor de las adolescentes que, de repente, se convertían en las aterradoras brujas de Salem, Massachusetts, 1692? Recién en el siglo XX, los alaridos de desahogo que las negras de Estados Unidos inventaron en las iglesias del sur, en el fragor del cántico de los spirituals, encontraran resonancia perfecta en los conciertos de rock. Y santo remedio.
Pero durante centurias, pese al avance de la ciencia, la única apelación que conocían los médicos para apagar el fuego del gineceo era perpetrarles una pajita (sí, sí, una pajita) manual a las histéricas, acto legitimo a la luz del juramento hipocrático ( ..y que a padres y esposos les parecía muy bien, fíjate). Además, mientras el médico obraba tal terapia, le iba diciendo a la paciente no sé si palabras sedantes o excitantes. Habría que preguntarle al ilustrado doctor Max Silva, especialista en la materia. Todo fue manual, apenas con los dedos untados en mantequilla de cacao, hasta el día de 1911 que el médico John Keough, de California (cansado de tanto trabajo manual), patentó el primer vibrador eléctrico para autocomplacencia. Falo niquelado, todavía sin microchip ni inteligencia electrónica, con una cabeza cónica, combada, más grande que el tronco. John Keough confesó que se había inspirado al ver un camarón entero en el plato de una exótica sopa peruana. ¿Acaso una parihuela, un chupe? Quién sabe.
Se supone, entonces, que los hombres no sufrían de histeria. Desde que empezaban a tener leche en los porongos, muchas señas le indicaban al susodicho que podía desfogar en una casa de tolerancia. Para eso servía la guaraca, para arrojar la piedra y esconder la mano brava. Quizás por tal razón, solo tardíamente, la industria porno -no la tecnología médica- puso al alcance discreto de los tímidos algo más eficaz que la muñeca inflable. Un mero coño eléctrico de bolsillo, peludo o lampiño, con meneo centrífugo y centrípeto, conforme a la geometría elíptica, no euclidiana, de Georg Riemann, combinable al gusto del usuario, mucho mejor que el más ansiado y mítico perrito. ¡Ay, Mariposa Galindo, como recuerdo tu coño tan lindo! Por lo visto, también la ciencia médica estaba traspasada de machismo, tanto que la histeria discriminaba y prefería único a las hembras.
Hace décadas que a Rosemary Kennedy se la daba por muerta. Pero no estaba muerta. Llevaba, por decisión familiar, una nula existencia de silencio y olvido en un hospicio para ricos, lejos de Boston, en Jefferson, a orillas de alguno de los 8,500 lagos que pululan en el estado de Wisconsin. Allí permaneció durante sesenta años, hasta su reciente fallecimiento a la edad de 86 años. Era la mayor del clan, pues el primogénito, Joseph Kennedy Jr., murió a los 29 años, en la segunda guerra mundial, cuando se estrelló el avión en el cual cumplía misión bélica.
Al enterarme de la muerte secreta de Rosemary Kennedy quedé desconcertado, como si el tiempo estuviera corriendo al revés. Entonces me vino a la mente la imagen del consolador, ese adminículo ominoso que tanto nos intrigaba en la pubertad. Cada cual alardeaba que conocía el consolador, hasta Mijito Pereyra, a quien creíamos virgo y casto. Pero, la purita verdad, nadie jamás había visto uno, ni siquiera en fotografía o en algún inaudito catálogo Sears Roebuck en inglés, contrabandeado desde Puerto San Juan, Marcona.
Claro, la mayoría no ha visto el consolador hasta el día de hoy. Sin embargo, imitaban de manera fidedigna, en especial el Galgo Aranguren, el jadeo de la hembra insaciable, ninfómana irremediable, que en lugar de hombres inútiles, moco de pavo, prefería el incansable aparato de la perdición. Mariposa Galindo, que conocía el tejemaneje de cada músculo en los menesteres del contubernio, y qué sentimientos despertaba cada fibra, aseguraba que los arranques místicos de Santa Teresa de Jesús, aquella lanza de Cristo que la penetraba, eran ardores humanos que al fin los desfogaba.
Igual a sus hermanos, John y Robert, que follaron por turno a Marilyn Monroe, Rosemary Kennedy era de temperamento caliente. Para su desgracia, el patriarca y banquero Joseph Patrick Kennedy pensaba que la lujuria solo podía tolerarse en los hombres. Incluso propiciarse para que cada hijo fuera machazo y pisador, gallo en cualquier corral. En este aspecto, la ciencia médica coincidía con la idea patriarcal: la arrechura era de carácter varonil. Cualquier vehemente deseo sexual en una mujer no era otra cosa que enfermiza ninfomanía. Aun el sabio Sigmund Freud creía que la cachondez femenina revelaba neurosis. Y en esta creencia lo siguieron Michel Foucault y el talentoso Jacques Lacan, pese a que ambos eran homosexuales perspicaces. Por supuesto, a la joven Rosemary Kennedy le interesaba la satisfacción carnal en vivo y cuerpo a cuerpo, yin y yan. O sea, el supremo 69, la forma de lujuria en la cual Dios pensó cuando la estableció como uno de los siete pecados capitales.
Hasta que a Rosemary Kennedy la cuadraron igual que a potranca alunada que podía haber repetido los versos que una vez cantó Mariela Dreyfus en su poema "Equinos": "y al borde de la noche cedo mis ancas al jinete/ para después relinchar gozosa sobre el prado". Rosemary Kennedy tenía 25 años cuando el patriarca Joseph Patrick Kennedy autorizó que le practicaran una cirugía que entonces, 1944, se consideraba portento neurológico. Con la mayor arrogancia científica, siguiendo las pautas de la teoría fascista de Paul Broca, a Rosemary Kennedy le extirparon la circunvolución cerebral que suponían activaba la lujuria. Quedó idiota para siempre, sin saber quién era, hasta hace pocos días que murió ya anciana, al cabo de más de medio siglo de vida oculta en un hospicio de Wisconsin. Oficialmente se dice que nació retardada por voluntad divina. Con entera razón, Mapy Kruger Barton y una amiga rompieron a martillazos una exclusiva clínica psiquiátrica, en Lima, donde las habían retenido a la fuerza. Todavía la neurología rinde homenaje a Paul Broca. El área del cerebro que se cree controla el lenguaje, lleva su nombre.
Cuando en Estados Unidos spirituals y blues evolucionaron hacia el R (rhythm and blues) y de ahí al rock, los alaridos que antes habían sido un detalle solo de las jóvenes negras en las iglesias del sur, calaron de repente en el ánimo de todas las adolescentes del mundo. Y se acabó la histeria. Tal fenómeno había comenzado en 1955, con Little Richard y su "Tuttifrutti", que vendió un millón de discos. Entonces el rock todavía era negro. Pero al año siguiente Bill Halley y sus cometas iluminaron el firmamento con "Al compás del reloj", que llegó al Perú en 1957, el año que John Lennon aun estaba en la secundaria y Los Beatles ni siquiera eran un sueño. En el momento que el aldeano Elvis Presley echó mano, sin escrúpulos, de "Tuttifrutti", ya el rock había cambiado de color. De la histeria que requería consolador, ya no quedaba ni huellas en la carne.
Tarde, en 1952, casi una década después del fiasco con Rosemary Kennedy, la American Psychiatric Association borró a la histeria de su lista de enfermedades mentales. Sin embargo, el consolador no quedó obsoleto. Más bien se volvió sofisticado y seductor, objeto precioso para el puro placer y la mañosería. Lo asumió, gustosa, la parafernalia porno erótica. Algunos ya tienen microchip y hasta eyaculan un almidón hormigueante y temperado, producto de la nanotecnología última."
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Visto aquí, escrito por algún articulista peruano cuyo nombre no aparece y a sugerencia del bueno de Laluzenmi.....

Bienvenido a mi blog, a mi casa, que es la tuya. Aquí iré poniendo cosas que me gusten de las que vea por ahí, o "vomitando" lo que a mí me salga de las tripas, o de las meninges, como le sale a esa simpática calabaza, y que no tiene que ser necesariamente ofensivo....
2 comentarios
mi casa es tu casa, mampo.
18 abr 2009 | 10:37 PM
Gracias, Laluz, majete...Lo mismo digo.
19 abr 2009 | 10:12 PM
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