
"¿Eres de Ciencias o de Letras?
Hay muchos ejemplos en la historia de la ciencia y la literatura donde ambas se entremezclan. Mi ejemplo favorito es el de Proust y Pavlov. El protagonista de la novela de Proust está condicionado, el perro de Pavlov también. La forma en que Proust y Pavlov lo abordan es radicalmente distinta, pero ambos están fascinados por el mismo descubrimiento. Uno es un novelista, el otro un científico.
En "En busca del tiempo perdido", el novelista francés Marcel Proust describió lo que le aconteció después de beber una cucharada de té, en el que había remojado un pedazo de magdalena: "apenas había tocado mi paladar el tibio líquido mezclado con las migas, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo y me detuve, atento al extraordinario fenómeno que me estaba sucediendo", escribió. "Un exquisito placer había invadido mis sentidos...sin sugerir su origen..."
"Repentinamente el recuerdo se reveló a sí mismo. El sabor era el de un pequeño pedazo de magdalena, que en las mañanas de domingo solía darme mi tía Leona, sumergiéndolo primero en su propia taza de té....Inmediatamente la antigua casa gris sobre la calle, donde estaba su habitación, se elevó como un decorado...y el pueblo entero, con su gente y sus casas, sus jardines, su iglesia y sus alrededores, fue tomando forma y solidez, cobró vida desde mi taza de té".
El sólo ver la magdalena no había devuelto estas memorias, notó Proust. Tuvo que probarla y olerla. "Cuando nada más subsiste del pasado," escribió, "después que la gente ha muerto, después que las cosas se han roto y desparramado...el perfume y el sabor de las cosas permanecen en equilibrio mucho tiempo, como almas...resistiendo tenazmente, en pequeñas y casi impalpables gotas de su esencia, el inmenso edificio de la memoria".
Pavlov, más científico, dedicó años enteros de investigación a descubrir cómo un sonido asociado con comida llegaba a provocar salivación en sus perros, a estudiar cómo se extinguía la respuesta de salivación si seguía presentando sólo el sonido en varias ocasiones (al igual que el sabor a felicidad de la magdalena de Proust disminuía en intensidad cada vez que el protagonista de la novela volvía a probarlo), o a estudiar cómo se recuperaba después la respuesta espontáneamente si el sonido dejaba de presentarse durante un tiempo (también lo describe Proust, cuando el protagonista deja de probar la magdalena por un tiempo y consigue así recuperar más tarde toda la magia que surge de ella).
Resulta curioso constatar cómo el diapasón de Pavlov y la magdalena de Proust son una misma cosa:estímulos condicionados. Igual que la canción que nos hace revivir un viejo romance o el aroma del perfume que nos reaviva un deseo inexpresado.
Proust supo describirlo en toda su intensidad. Pavlov prefirió analizarlo.
El sonido del diapasón provocaba en los perros de Pavlov la misma reacción de salivación que en condiciones normales vendría provocada por la comida; la magdalena de Proust evocaba en el protagonista de la novela las mismas sensaciones que en su día producían los veranos felices de la infancia. En términos científicos se trata de fenómenos idénticos.
¿Leyó Proust a Pavlov o Pavlov a Proust? No he logrado encontrar referencias sobre ello. Proust (1871-1922) y Pavlov (1849-1936) se percataron de la existencia del condicionamiento clásico en la misma época, y ambos decidieron investigarlo, aunque de maneras muy distintas. Pavlov en el laboratorio, analizándolo una y otra vez con sus perros, controlando muy bien las condiciones experimentales. Proust, en cambio, usándose a sí mismo como sujeto experimental, probando una y otra vez el sabor de la magdalena, pero perdiendo así la felicidad que surgía de ella, pues para su desgracia, la sensación disminuía en intensidad con cada nuevo intento (o sea, se extinguía, como diría Pavlov).
Pero el condicionamiento clásico no sólo provoca salivación o felicidad. También provoca miedo, nostalgia, deseo, excitación sexual, estrés, relajación, alivio, euforia, nauseas... El estímulo más insospechado puede dar lugar a sensaciones y reacciones intensas que a menudo, como al protagonista de Proust, nos parecen inexplicables. No es de extrañar que los escritores de hoy sigan empeñados en describirlo y los científicos lo estén analizando en todos sus detalles.
Aunque sólo sea para conseguir comprender cómo es posible que la dicha, o la tristeza, incluso el miedo de un niño, puedan brotar, años más tarde, del interior de una magdalena condicionada."
Fuentes:
http://www.hhmi.org/
Helena Matute en http://www.divulgon.com.ar/index.html
1 comentario
Es cierto, yo también he vivido algún episodio de este tipo. Siendo yo jovencita ocurrió que pasé por los alrededores de una carpintería o similar, de donde salía ese olor de madera aserrada, y que inmediatamente me transportó a mi niñez y adolescencia, cuando pasaba unos días de vacaciones en verano de camping en la montaña. Estabámos solamente la familia, aunque algún verano coincidimos con algún otro grupo acampado en los alrededores. A la salida del pueblo, en dirección al campamente, había un gran aserradero del que salía "ese" olor que impregnaba toda la zona. También había leñadores serrando árboles sin parar por la comarca, y transportando los grandes troncos en camiones que veíamos pasar, a lo lejos, por la pequeña carretera que llevaba al aserradero mencionado. Flotaba ese olor, subyacía por debajo de todos los demas olores, era casi constante y yo lo estaba oliendo siempre. Así, ése día que acerté a pasar cerca de algún lugar de donde salía ese olor de repente, como narra Proust, se reprodujo en mi mente el pueblo, los troncos recién talados esperando pasar por la sierras, las cantidades ingentes de serrín oloroso en diferentes montones, pero también los otros olores que acompañaban el recuerdo, el olor de vacas, del romero y el pino que plagaba la montaña, también me vino a la mente la sensaciones asociadas, el sol tan caliente, la fresca brisa en las sombras de los grandes árboles, el camino tan polvoriento, el agua del río, tan fría, en la que inexorablemente debíamos lavarnos a conciencia todas las mañanas, bajo la implacable vigilancia de nuestros padres, y todas las aventuras, risas, baños en el río, pesca por las tardes-noches, y tantas y tantas cosas (que ahora recuerdo como muy buenas, aunque en su momento no me lo parecieran). Todo esto y mucho más que soy incapaz de describir a pesar del "rollazo" que estoy metiendo, me vino a la mente en un instante en que el olor a madera serrada me invadió de imprevisto unos cuantos años después de haberlo, parecía, olvidado.
Y también, como Proust o los perros de Pavlov, ha medida que se ha ido repitiendo la experiencia, ha ido perdiendo cualidades y desvaneciendose en la memoria.
24 mar 2007 | 07:50 PM
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