El Gran Jefe Seattle
(Por aclamación, ahí va esta historia, preciosa historia de los indios Suquamish y su Gran Jefe Seattle, y que nos ha traído hasta aquí el Gran Moisés Padre, de la Tribu de los Vigara-Vera de Madrid)

Me permito, Moisés, hacer una introducción a la carta de Seattle, con un texto que he visto cuando buscaba la foto (parece que el Gran Jefe era el más bajito de los dos) para ilustrar este post:
El indio Seattle era el jefe de la tribu Suquamish, que vivía a orillas de la que hoy se llama Puget Sound, en el estado de Washington. Las tierras en las que vivía la tribu constituían un enclave maravilloso, entre un mar tranquilo, casi cerrado al océano Pacífico, y la mágica presencia de Mount Renier, la gran montaña a la que los indios llamaban Tacoma. Un lugar de gran belleza, lleno de bosques, lagos, praderas y montañas.
En los tiempos de Seattle comenzaban a acercarse los hombres blancos. Todos los indios del extremo Oeste de los Estados Unidos eran indios pacíficos, sedentarios, arraigados profundamente en su tierra y con un enorme sentido de la trascendencia. La carta de Seatle no es un documento único. Algunos años después, en 1876, otro jefe indio, Chiet Joseph, escribiría otra muy parecida al Presidente de los hombres blancos para defender el territorio de los Nez Perce, situado unos cientos de kilómetros al Este del Puget Sound.
Los indios Suquamish, vivían, como otros de la región, de la pesca del salmón, muy abundante en sus ríos y lagos, y de la caza. Los primeros exploradores que llegaron a aquellas hermosas tierras fueron españoles, a finales del Siglo XVI, explorando las costas. Por eso aun quedan nombres castellanos por la zona, estrecho de Juan de Fuca, en nombre del marino de origen griego, que mandaba el primer barco que lo cruzó, archipiélago de San Juan, Anacortes, etc.
El primer testimonio escrito sobre estas tierras se lo debemos al marino inglés Vancouver, que ancló en aquellas aguas en 1792 y escribió: 'La serenidad del clima, los innumerables hermosos paisajes y la abundante fertilidad que palpita en la naturaleza libre requiere solo ser enriquecida por la industria del hombre para convertir esta tierra en el entorno más maravilloso que se pueda imaginar".
Seattle no tuvo éxito en la defensa de su tierra. Un año antes de que él escribiera su carta se había creado el Territorio de Washington, en 1853, y se había fundado su capital en Olimpia. En 1889 se convertiría en un estado más de la Unión.
SUQUAMISH
Líder de los Suquamish, tribu asentada en el actual estado de Washington (noroeste de los Estados Unidos y suroeste de Canadá), encargado de negociar, en 1.854, un tratado con el Gobierno, que implicaba el traslado definitivo de los tradicionales detentores de la tierra a una lejana reserva.
Su alegato, en forma de carta dirigida al Presidente en Washington -recogida además en la edición 29 de octubre de 1887 (más de treinta años después...) del dominical Sunday Star de Seattle- es considerado, en la actualiudad, como el primer "manifiesto ecológico" moderno.
Texto Completo de la Carta a Washington (1.855).
Mensaje del Gran Jefe Seattle al Presidente de los Estados Unidos
"El gran Jefe de Washington nos envía un mensaje para hacernos saber que desea comprar nuestra tierra. También nos manda palabras de hermandad y de buena voluntad. Agradecemos el detalle, pues sabemos que no necesita de nuestra amistad. Pero vamos a considerar su oferta, porque también sabemos de sobra que, de no hacerlo así, quizá el hombre blanco nos arrebate la tierra con sus armas de fuego.
Pero... ¿Quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?. Esa idea es para nosotros extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podría alguien comprarlos?. Aún así, trataremos de tomar una decisión.
Mis palabras son como las estrellas: eternas, nunca se extinguen. Teneis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en la profundidad de los bosques, cada claro entre los árboles, cada insecto que zumba es sagrado para el pensar y sentir de mi pueblo. La savia que sube por los árboles es sagrada experiencia y memoria de mi gente.
Los muertos de los blancos olvidan la tierra en que nacieron cuando desaparecen para vagar por las estrellas. Los nuestros, en cambio, nunca se alejan de la tierra, pues es la madre de todos nosotros. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa, son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los prados húmedos, el cuerpo sudoroso del potro y el hombre..., todos pertenecen a la misma familia.
Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington nos envió el recado de que quería comprar nuestra tierra, exigía demasiado de nosotros. El Gran Jefe nos quiere hacer saber que pretende darnos un lugar donde vivir tranquilos. Él sería nuestro padre, y nosotros seríamos sus hijos. ¿Pero eso será posible alguna día?. Dios debe amar a vuestro pueblo y abandonado a sus hijos rojos.
Él ha enviado máquinas para ayudar al hombre blanco en su trabajo, y con ellas se construyen grandes poblados. Él hace que vuestra gente sea, día a día, más numerosa. Pronto invadiréis la tierra, como ríos que se desbordan desde las gargantas montañosas, como una inesperada lluvia. Mi pueblo, sin embargo, es como una corriente desbordada, pero sin retorno. No, nosotros somos razas diferentes. Nuestros hijos y los vuestros no juegan juntos, y vuestros ancianos y los míos no cuentan las mismas historias. Dios os es favorable, y nosotros nos sentimos huérfanos. Aun así, meditaremos sobre vuestra oferta de comprarnos la tierra. No será fácil, porque esta tierra es sagrada para nosotros.
Nos sentimos alegres en estos bosques. Ignoro el por qué, pero nuestra forma de vivir es diferente a la vuestra. El agua cristalina, que corre por los arroyos y los ríos no es sólo agua, es también la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiéramos tendríais que recordar que es sagrada, y enseñarlo así a vuestros hijos. De hecho, los ríos son nuestros hermanos. Nos libran de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran alimento. Cada imagen que reflejan las claras aguas de los lagos son el recuerdo de los hechos que ocurrieron y la memoria de mis gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Así es, Padre Blanco de Washington: los ríos son nuestros hermanos. Si os vendemos nuestra tierra, tendreis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos -y en adelante, los vuestros- y tratarlos con el mismo cariño que se trata a un hermano.
Es evidente que el hombre blanco no entiende nuestra manera de ser. Os es indiferente una tierra que otra porque no la ve como a una hermana, sino como a una enemiga. Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y la abandona. Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Saquea la tierra de sus hijos y le es indiferente. Trata a su madre -la Tierra- y a su hermano -el firmamento- como a objetos que se compran, se usan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Hambriento, el hombre blanco acabará tragándose la tierra, no dejando tras de sí más que un desierto. Mi gente siempre se ha apartado del ambicioso hombre blanco, igual que la niebla matinal en los montes cede ante el sol naciente. Pero las cenizas de nuestros antepasados, sus tumbas, son tierra santa, y por eso estas colinas, estos árboles, esta parte del mundo, nos es sagrado.
No sé, pero nuestra forma de ser es muy diferente de la vuestra. Quizás sea porque soy lo que vosotros llamais "un salvaje" y, por eso, no entiendo nada.
La vista de vuestras ciudades hiere los ojos de mi gente. Quizá porque el "Piel Roja" es un salvaje y no lo comprende. No hay silencio alguno en las ciudades de los blancos, no hay ningún lugar donde se pueda oír crecer las hojas en primavera y el zumbido de los insectos. No hay un solo sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar desde el que poder escuchar en primavera el brote de las hojas o el revolotear de un insecto. Tal vez sea porque soy lo que llamais "un salvaje" y no comprenda algunas cosas... El ruido de vuestras ciudades es un insulto para el oido de mi gente y yo me pregunto ¿Qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o el diálogo nocturno de las ranas en un estanque?. Mi pueblo puede sentir el suave susurro del viento sobre la superficie del lago, el olor del aire limpio por el rocío de la mañana y perfumado al mediodía por el aroma de los pinos. El aire es de gran valor para nosotros, pues todas las cosas participan del mismo aliento: el animal, el árbol, el hombre, todos. El hombre blanco parece no dar importancia al aire que respira, a semejanza de un hombre muerto desde hace varios días, embotado por su propio hedor. Pero, si os vendemos nuestra tierra, no olvidéis que tenemos el aire en gran estima, que el aire comparte su espíritu con la vida entera. El viento dio a nuestros padres el primer aliento, y recibirá el último. Y el viento también insuflará la vida a nuestros hijos. Y si os vendiéramos nuestra tierra, tendríais que cuidar el aire como un tesoro y cuidar la tierra como un lugar donde también el hombre blanco sepa que el viento sopla suavemente sobre la hierba en la pradera.
Cuando el último de entre mi gente haya desaparecido, cuando su sombra no sea más que un recuerdo en esta tierra -aun entonces- estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos este paisaje del mismo modo que el niño ama los latidos del corazón de su madre.
Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos. Soy lo que llamais "un salvaje" y no comprendo vuestro modo de vida, pero he visto miles de búfalos muertos, pudriéndose al sol en la pradera. Muertos a tiros, sin sentido, desde las caravanas. Yo soy un salvaje y no puedo comprender cómo una máquina humeante -el caballo de hierro- puede importar más que el búfalo, al que sólo matamos para sobrevivir. ¿Qué es el hombre sin animales? Si todos los animales desaparecieran el hombre también moriría en la soledad de su espíritu. Lo que le suceda a los animales tarde o temprano le sucederá también al hombre. Todas las cosas están estrechamente unidas.
Debeis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la Tierra es su madre. Lo que le ocurre a la Tierra también le ocurre a los hijos de la Tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
Nosotros sabemos que la tierra no pertenece al hombre, que es el hombre el que pertenece a la Tierra. Lo sabemos muy bien, Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. El hombre no creó la trama de la vida, es sólo una fibra de la misma. Lo que haga con ese ese tejido, se lo hace a si mismo. No, el día y la noche no pueden vivir juntos.
Tenéis que enseñar a vuestros hijos que el suelo que está bajo sus pies contiene las cenizas de los nuestros. Para que respeten la tierra, contadles que la tierra contiene las almas de nuestros antepasados. Nuestros muertos siguen viviendo entre las dulces aguas de los ríos, y regresan, de nuevo, con cada suave paso de la Primavera, y sus almas van con el viento que sopla, rizando la superficie del lago.
Consideramos la posibilidad de que el hombre blanco nos compre nuestra tierra. Pero mi pueblo pregunta: ¿Qué es lo que quiere el hombre blanco? ¿Cómo se puede comprar el Cielo, o el calor de la tierra, o la velocidad del antílope?. ¿Cómo vamos a vender todo esto y cómo vais a poder comprarlo?. Acaso podréis hacer con la tierra lo que queráis, sólo porque firmemos un pedazo de papel y se lo entreguemos al hombre blanco?. Si nosotros no poseemos el frescor del aire, ni el resplandor del agua, cómo vais a poder comprarlo? ¿Es que, acaso, podéis comprar los búfalos cuando ya hayais matado al último?. Consideraremos la oferta. Sabemos que si no os la vendemos vendrá el hombre blanco y se apoderará de nuestra tierra.
Sabemos una cosa que, tal vez, el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es vuestro Dios. Podeis pensar que ahora Él os pertenece, de igual manera que hoy deseais que nuestras tierras sean vuestras.. Pero no es así. Él es el Dios de todos los hombres y su amparo alcanza por igual a mi gente y a la vuestra.
Consideraremos vuestra oferta de que vayamos a una reserva. Queremos vivir aparte y en paz. No importa dónde pasemos el resto de nuestros días. Nuestros hijos verán a sus padres sumisos y vencidos. Nuestros guerreros estarán avergonzados. Después de la derrota pasarán sus días en la holganza, y envenenarán sus cuerpos entre comida y alcohol. No importa dónde pasemos el resto de nuestros días. No quedan ya muchos. Sólo algunas horas -un par de inviernos- y no quedará ningún hijo de la gran estirpe que en otros tiempos vivió en esta tierra, y que ahora en pequeños grupos viven dispersos por el bosque, para gemir sobre las tumbas de su pueblo. Un pueblo que en otros tiempos fue tan poderoso y tan lleno de esperanza como el vuestro.
¿Pero, por qué entristecerse por la desaparición de una nación? Las naciones están hechas por hombres. Es así. Los hombres aparecen y desaparecen como las olas del mar. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a a migo, queda exento del destino común de las cosas. Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos...
También los blancos desaparecerán, y quizá antes que otras estirpes. Continuad contaminando y corrompiendo vuestro lecho y cualquier noche morireis ahogados en vuestra propia suciedad. Eso sí..., caminareis hacia la extinción rodeados de gloria y espoleados por la creencia en un Dios que os da poder sobre la Tierra y sobre los demás hombres. Cuando todos los búfalos se hayan ido, los caballos salvajes hayan sido domados, el rincón más secreto del bosque invadido por el ruido de la multitud, y la visión de las colinas esté manchada por los alambres parlantes (*), cuando desaparezca la espesura y el águila se extinga, habrá que decir adiós al caballo veloz y a la caza.
Será el final de la vida y el comienzo de otra. Por algún motivo que se me escapa, Dios os concedió el dominio sobre los animales, los bosques y los Pieles Rojas. Quizá podríamos comprenderlo si supiésemos qué es lo que sueña el hombre blanco, qué ideales ofrece a los hijos en las largas noches de invierno, y qué visiones bullen en su imaginación, hacia las que tienden el día de mañana.
Pero nosotros somos "salvajes". Los sueños del hombre blanco nos están vedados. Y porque nos están ocultos, nosotros vamos a seguir nuestro propio camino. Pues, ante todo, estimamos el derecho que tiene cada ser humano a vivir tal como desea, aunque sea de modo muy diverso al de sus hermanos. No es mucho lo que nos une.
Consideraremos vuestra oferta...
Si aceptamos es sólo por asegurarnos la reserva que habéis prometido. Quizá, allí podamos acabar los pocos días que nos quedan, viviendo a vuestra manera. Cuando el último Piel Roja de esta tierra desaparezca y su recuerdo sea solamente la sombra de una nube sobre la pradera, todavía estará vivo el espíritu de mis antepasados en estas orillas y estos bosques. Pues ellos amaban esta tierra, como ama el recién nacido el latido del corazón de su madre. Si os llegáramos a vender nuestra tierra, amadla -como nosotros la hemos amado-. Cuidad de ella -como nosotros la cuidamos- y conservad el recuerdo de esta tierra tal como os la entregamos.
¿Dónde está el bosque espeso?: Desapareció. ¿Qué ha sido del águila?: Desapareció. Así se acaba la vida y sólo nos queda el recurso de intentar sobrevivir."
Jefe Seattle
(1.855)

Bienvenido a mi blog, a mi casa, que es la tuya. Aquí iré poniendo cosas que me gusten de las que vea por ahí, o "vomitando" lo que a mí me salga de las tripas, o de las meninges, como le sale a esa simpática calabaza, y que no tiene que ser necesariamente ofensivo....
9 comentarios
"Qué es lo que quiere el hombre blanco? ¿Cómo se puede comprar el Cielo, o el calor de la tierra, o la velocidad del antílope?. ¿Cómo vamos a vender todo esto y cómo vais a poder comprarlo?. Acaso podréis hacer con la tierra lo que queráis, sólo porque firmemos un pedazo de papel y se lo entreguemos al hombre blanco?. Si nosotros no poseemos el frescor del aire, ni el resplandor del agua, cómo vais a poder comprarlo? ¿Es que, acaso, podéis comprar los búfalos cuando ya hayais matado al último?. Consideraremos la oferta. Sabemos que si no os la vendemos vendrá el hombre blanco y se apoderará de nuestra tierra"
Si lo pensamos bien...no debería enviarle alguien esta carta, actualizada, a Bush y a algun que otro dirigente hijo de puta (que los hay a mares) y que dejen en paz a la pobre tierra y a la gente que vivimos en ella sin pretension de poseer lo imposeible?
Gran hallazgo Gran jefe "Moises padre"
1 dic 2006 | 05:21
Que le podria decir hoy dia el sr. Noah Seattle al "gran jefe de washington". nada, no le valdria, por desgracia para nada escribir, para mi, uno de los mejores textos de la historia y que ademas te hace replantearte muchas cosas.
Por cierto, a todos los niños que juegan/jugaban a indios y Vaqueros......los buenos son los indios, no John Wayne
1 dic 2006 | 09:23
Estimado hermanito:
Noah Seattle es actor (Carter en Urgencias). Al Seattle que tu te refieres es, simplemente Jefe seattle
2 dic 2006 | 09:51
estimado fraterno:
el actor al cual hace referencia en su ultima carta es Noah While
2 dic 2006 | 11:23
No creo que se pueda añadir nada a este escrito, no le hace falta. Es perfecto, hermoso e inútil. Que pena que no hayamos adoptado su filosofía de vida: así nos va.
2 dic 2006 | 05:19
Me guardaré la carta o la colgaré en mi blog.
Confieso que la conocia, igual que vosotros pero nunca la habia visto íntegra y por escrito.
La mandaré a los dueños de las gramndes fincas del Valle de Alcudia (familiares del rey, por ejemplo) que se han apropiado hasta de los antiguos caminos que eran de público dominio así como a los que ponen alambrada hasta en los rios.
Denunciados en los tribunales cientos de veces y no solo no arregla sino que hasta son capaces de desviar trazados de autopistas para que no les jodan sus monterias o caza del zorro.
Desde Puertollano un abrazo
El sisón los bosques.
2 dic 2006 | 09:23
Amigo José Antonio, gracias por publicar este curioso, a la par que interesante post.
Te mando un afectuoso abrazo.
5 dic 2006 | 08:48
Un abrazo, Listo.
El interesante artículo lo ha traído mi cuñao Moisés, extremeño de nacimiento, madrileño de adopción y, sin embargo, buena persona.
La verdad es que es muy interesante y, por lo visto, está considerado el primer manifiesto ecologista, aparte de que se estudia en filosofía, la carta que el bueno del Jefe Seattle le manda al jefe de los "casacas azules", que siempre nos habían vendido, con el apoyo logístico de su industria cinematográfica, que eran unos héroes que se defendían de unos salvajes de piel roja malísimos. No era tal. Los "indios" eran en su mayoría pacíficos y, por lo visto, más filósofos, con más sabiduria vital, que los pretendidamente más civilizados, a pesar de que tenían motivos para haberse rebelado cuando les quitaban descaradamente sus tierras en honor del "progreso".
Nos seguimos viendo, leyendo, no me pierdo ninguno de tus artículos.
5 dic 2006 | 06:19
la verdad me llama mucha la atención la carta del jefe y por tal razon quisiera que me faciliten mas temas ambientales .
soy egresada de la carrera desarrollo municipal y medio ambiente y quiero hacer un tema con niños sobre el medio ambiente les qauedaria muy agradecida que me dotaran de bibliografia muchas gracias zulema
26 feb 2007 | 07:03
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