La Coctelera

Mamporrero

La única verdad irrefutable es que no hay verdades irrefutables.

La desesperación de Espronceda

Continúo hoy con otra de las poesías que memoricé en mi época de seminarista. No sé como los curas pudieron dejar que esta poesía cayera en nuestras "inocentes", y morbosas, manos, pero el caso es que tiene fuerza y morbo en cantidad y dicen que la escribió en un estado anímico "desesperado"...: Se le había muerto su querida Teresa y, para tratar de olvidarla, se movía angustiado en el submundo de la prostitución, el alcohol....la desesperación, lo cual le inspiró esta poesía (no hay mal que por bien no venga...)
Un poeta como la copa de un pino, extremeño como yo, revolucionario, más que yo y que, ahí he estado yo más listo, murió a los treinta y cuatro años, precisamente cuando se recuperaba de su desesperación y le acababan de nombrar Diputado en las Cortes Españolas por el Partido Progresista...
Espronceda escribió también la famosa Canción del Pirata, aquella de "Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela..."...No sigo, jajaja¡¡, que también me la sé de memoria y no es cuestión de dar la brasa más de lo necesario....
Pongo un poquito de su interesante biografía copiada de por ahí, y luego su impactante poema "La Desesperación", que a mí por lo menos, a los catorce años, me impactaba de que te cagas...Quimillo, ahí tienes una letra impactante para ponerle música...

José de Esproceda

Este poeta y revolucionario fue uno de los más grandes románticos españoles, el más popular del siglo XIX. Su vida integra la rebelión moral y la política, y su estilo se caracteriza por las imágenes arrebatadas y la permanente contradicción de dos estados anímicos: la exaltación y el desaliento.

Nació en Almendralejo (Badajoz), en 1808, pero se mudó pronto a Madrid y comenzó con notable aprovechamiento sus estudios, bajo la dirección del famoso don Alberto Lista.

A los quince años, el día en que fue ahorcado el general Riego, fundó una sociedad secreta, Los Numantinos, para vengar su muerte. Las actividades de los jóvenes conspiradores fueron descubiertas y ellos, condenados a cinco años de cárcel, que se redujeron a unas semanas en un convento de Guadalajara, donde Espronceda compuso el poema Pelayo.

Con dieciocho años se exilió voluntariamente a Lisboa , donde conoció a Teresa Mancha, a quien siguió hasta Londres. Tras un viaje a Holanda en 1828, se instaló en París, donde participó en la revolución de 1830, y entró en España con una expedición de revolucionarios, que fracasó. Fue desterrado y durante ese periodo compuso varias poesías y la tragedia Blanca de Borbón. Raptó a Teresa, a quien había vuelto a encontrar casada y con hijos, y marchó con ella a España (1833). Ella le inspiraría uno de sus poemas más hermosos: Canto a Teresa. Vivió la triple embriaguez romántica del amor, la libertad y la patria.

Al regresar, indultado, a España en 1833, tomó parte en otros pronunciamientos que le supusieron nuevas persecuciones. En un banquete pronunció un discurso satírico en verso, que hizo hablar a toda la corte, y fue desterrado a Cuéllar, donde compuso El Estudiante de Salamanca. Posteriormente inició una brillante carrera literaria, diplomática y política. Adquirió fama nacional a partir de 1836, cuando publicó La canción del pirata que, a pesar de su discutida deuda con Lord Byron, constituye el manifiesto lírico del romanticismo español con su intensa defensa de la libertad, la rebeldía religiosa, social y política. Ese poema y otros ya conocidos se recogieron en Poesías de don José de Espronceda, de 1840, donde junto a poemas que reflexionan filosóficamente sobre el destino humano, aparecen otros políticos y amorosos. Tras la muerte de Teresa (1839), realizó nuevas interpretaciones del amor, como ocurre en el famosísimo poema A Jarifa en una orgía, donde expresa desilusión, hastío, lamentación del placer perdido y rebelión contra la realidad de la vida, con un lirismo contenido que añade ritmos poéticos inéditos que anticipan la versificación modernista.

En 1842, el mismo año de su muerte ocurrida en Madrid, fue elegido diputado a Cortes por el Partido Progresista, donde dio muestras de una excelente formación política.

DON JOSÉ DE ESPRONCEDA
(1808-1842)
La Desesperación

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.
Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

4 comentarios

  1. kimito

    demasiada letra para aprenderme en una canción...pero bueno...se puede intentar...

    a eso le llamas morbo?? joder, con que poco os conformábais...jajaja!!!

    bueno el Espronceda...

  2. asperus

    Perdona, colega, pero esta y otras de tus poesias memorizadas te las enseñó a ti y a mi, nuestra querida madre que tenia un libro escrito a máquina del que nos leia una y otra vez desde el miajón de los castuos a espronceda o el tren expreso, yo tambien me las sé y te juro que no me las aprendí en el seminario, cabezón, que eres un cabezón.

  3. Angelet

    En la universidad hice una obra de teatro abstracta mientras un narrador iba recitando la primera parte de la poesía

  4. José Antonio

    Mil euros por ver a mi Angelito haciendo una cosa abstracta mientras un narrador recita lo de "me gusta ver el cielo, con negros nubarrones...."...

    Y a mi chache Asperus, decirle que estas poesías, yo, las aprendí en el colegio, esta vez estoy seguro. Es cierto que madre nos leía las de Gabriel y Galán y retazos de las de Espronceda, pero yo, seguramente influenciado por ello, las retomé en Sarria y me las aprendí de memoria....Como castigo por hacerme siempre de tippex te voy a meter aquí mismo el "Arrepentimiento", del propio Espronceda, escrita después de la "Desesperación", más larga que la anterior y que la guardaba para próximos capítulos...Esta poesía, así de larga, también me la sabía entera , señores...¡¡Cuantas veces no la leería¡¡

    El arrepentimiento

    José de Espronceda

    A MI MADRE

    Triste es la vida cuando piensa el alma,
    triste es vivir si siente el corazón;
    nunca se goza de ventura y calma
    si se piensa del mundo en la ficción.

    No hay que buscar del mundo los placeres,
    pues que ninguno existe en realidad;
    no hay que buscar amigos ni mujeres,
    que es mentira el placer y la amistad.

    Es inútil que busque el desgraciado
    quien quiera su dolor con él partir;
    sordo el mundo, le deja abandonado
    sin aliviar su mísero vivir.

    La virtud y el honor, sólo de nombre
    existen en el mundo engañador;
    un juego la virtud es para el hombre;
    un fantasma, no más, es el honor.

    No hay que buscar palabras de ternura,
    que le presten al alma algún solaz;
    no hay que pensar que dure la ventura,
    que en el mundo el placer siempre es fugaz.

    Esa falsa deidad que llaman gloria
    es del hombre tan sólo una ilusión,
    que siempre está patente en su memoria
    halagando, traidora, el corazón.

    Todo es mentira lo que el mundo encierra,
    que el niño no conoce, por su bien;
    entonces la niñez sus ojos cierra,
    y un tiempo a mí me los cerró también

    En aquel tiempo el maternal cariño
    como un Edén el mundo me pintó;
    yo lo miré como lo mira un niño,
    y mejor que un Edén me pareció.

    Lleno lo vi de fiestas y jardines,
    donde tranquilo imaginé gozar;
    oí cantar pintados colorines
    y escuché de la fuente el murmurar.

    Yo apresaba la blanca mariposa,
    persiguiéndola ansioso en el jardín,
    bien al parar en la encarnada rosa
    o al posarse después en el jazmín.

    Miraba al sol, sin que jamás su fuego
    quemase mis pupilas ni mi tez;
    que entonces lo miré con el sosiego
    y con la paz que infunde la niñez

    Mi vida resbalaba entre delicias
    prodigadas, ¡oh madre!, por tu amor.
    ¡Cuántas veces, entonces, tus caricias
    acallaron mi llanto y mi clamor!
    ¡Cuántas veces, durmiendo en tu regazo,
    en pájaros y flores yo soñé!
    ¡Cuántas veces, entonces, tus caricias
    acallaron mi llanto y mi clamor!
    ¡Cuántas me diste, oh madre, un tierno abrazo
    porque alegre y risueño te miré!

    Mis caricias pagaste con exceso,
    como pagan las flores al abril;
    mil besos, ¡ay!, me dabas por un beso,
    por un abrazo tú me dabas mil.

    Pero yo te abandoné
    por seguir la juventud;
    en el mundo me interné,
    y al primer paso se fue
    de la infancia la quietud;

    que aunque tu voz me anunciaba
    los escondidos abrojos
    del camino que pisaba,
    mi oído no te escuchaba
    ni te miraban mis ojos.

    ¡Sí, madre! Yo no creí
    que fuese cierto tu aviso;
    tan hechizado lo vi,
    que al principio para mi
    era el mundo un paraíso.

    Así viví sin temor,
    disfrutando los placeres
    del mundo tan seductor;
    en él encontré el amor
    al encontrar las mujeres.

    Mis oídos las oyeron,
    y mis ojos las miraron,
    y ángeles me parecieron;
    mis ojos, ¡ay!, me engañaron
    y mis oídos mintieron.

    Entre placeres y amores
    fueron pasando mis años
    sin recelo ni temores,
    mi corazón sin engaños
    y mi alma sin dolores.

    Mas hoy ya mi corazón
    por su bien ha conocido
    de los hombres la traición
    y mi alma ha descorrido
    el velo de la ilusión.

    Ayer vi el mundo risueño
    y hoy triste lo miro ya;
    para mí no es halagüeño;
    mis años han sido un sueño
    que disipándose va.

    Por estar durmiendo ayer,
    de este mundo la maldad
    ni pude ni quise ver,
    ni del amigo y mujer
    conocí la falsedad.

    Por el sueño, no miraron
    mis ojos teñido un río
    de sangre, que derramaron
    hermanos que se mataron
    llevados de un desvarío.

    Por el sueño, madre mía,
    del porvenir, sin temor,
    ayer con loca alegría
    entonaba en una orgía
    cantos de placer y amor.

    Por el sueño fui perjuro
    con las mujeres allí;
    y en lugar de tu amor puro,
    amor frenético, impuro,
    de impuros labios bebí.

    Mi corazón fascinaste
    cuando me ofreciste el bien;
    pero (¡oh mundo!), me engañaste
    porque en infierno trocaste
    lo que yo juzgaba Edén.

    Tú me mostraste unos seres
    con rostros de querubines
    y con nombres de mujeres,
    tú me brindaste placeres
    en ciudades y festines.

    Tus mujeres me engañaron.
    que al brindarme su cariño
    en engañarme pensaron
    y sin compasión jugaron
    con mi corazón de niño.

    En tus pueblos no hay clemencia,
    la virtud no tiene abrigo;
    por eso con insolencia
    los ricos, en su opulencia,
    encarnecen al mendigo.

    Y en vez de arroyos y flores
    y fuentes y ruiseñores,
    se escuchan en tus jardines
    los gritos y los clamores
    que salen de los festines.

    Por eso perdí el reposo
    de mis infantiles años;
    dime, mundo peligroso,
    ¿por qué siendo tan hermoso
    contienes tantos engaños?

    Heme a tus pies llorando arrepentido,
    fría la frente y seco el corazón;
    ¡ah!, si supieras cuánto he padecido,
    me tuvieras, ¡os madre!, compasión.

    No te admires de hallarme en este estado,
    sin luz los ojos, sin color la tez;
    porque mis labios, ¡ay!, han apurado
    el cáliz del dolor hasta la hez.

    ¡Que es veneno el amor de las mujeres
    que en el mundo, gozoso, yo bebí!
    Pero, a pesar de todos los placeres,
    jamás pude olvidarme yo de ti.

    Siempre, extasiado, recordó mi mente
    aquellos días de ventura y paz
    que a tu lado viví tranquilamente
    ajeno de este mundo tan falaz.

    Todo el amor que tiene es pasajero,
    nocivo, receloso, engañador;
    no hay otro, no, más puro y verdadero
    que dure más que el maternal amor.

    Vuelve, ¡oh madre!, a mirarme con cariño;
    tus caricias y halagos tórname;
    yo de ti me alejé, pero era un niño,
    y el mundo me engañó, ¡perdóname!

    Yo pagaré tu amor con el exceso
    con que pagan las flores al abril;
    mil besos te daré por sólo un beso,
    por un abrazo yo te daré mil.

    Dejemos que prosigan engañando
    los hombres y mujeres a la par;
    de nuestro amor sigamos disfrutando
    en sus engaños, madre, sin pensar.

    Porque es triste vivir si piensa el alma,
    y mucho más si siente el corazón;
    nunca se goza de ventura y calma
    si se piensa del mundo en la ficción.

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