La Coctelera

Mamporrero

La única verdad irrefutable es que no hay verdades irrefutables.

Categoría: Relatos y cuentos ajenos

La "histeria femenina", el consolador y Rosemary Kennedy.....

"El consolador nació como un utensilio terapéutico contra los ataques de histeria y luego se volvió sofisticado objeto precioso para el puro placer y la mañosería.

Cuando alguien escucha la palabra vibrador, consolador -o dildo como lo llaman en el mundo anglosajón por copia del italiano diletto- de inmediato piensa en un instrumento pernicioso, ilegal, de aspecto turbador, propio para gente mañosa y perversa. Craso error. Dicho artefacto de arcana procedencia, aunque es producto de la industria moderna, activado con energía eléctrica, nació como idóneo utensilio terapéutico, debidamente patentado, que operaban los médicos para calmar en las mujeres los ataques de histeria. Sears Roebuck lo vendía por correo desde 1918 y aparece en el ahora clásico catálogo de 1927, página 664, cuya reedición para bibliómanos, 1970, tengo a la vista.

Entre los consoladores naturales, el plátano siempre fue el rey. Al menos desde 1492, cuando Europa lo encontró en el Caribe. Por arte de birlibirloque, una alabanza al plátano, evidentemente tardía, interpolada, aparece en el texto corriente de Las mil y una noches: "Oh, plátano de suave y delicada piel; tú que dilatas los ojos de las doncellas; tú solo entre las frutas eres agraciado con un tierno corazón; oh, consolador de viudas y solitarias". A falta de plátano, China contaba con un nabo grueso que hervido tomaba la consistencia del caucho. Por eso los europeos al descubrirlo lo rebautizaron "trompa de cochino".

En este contexto de ahogos y vahídos vivió su juventud Rosemary Kennedy, hija de la famosa dinastía política bostoniana. Sabemos que para una criolla limeña era muestra de distinción y estirpe desmayarse al ver un ratón o sentir el remezón de un temblor. El caso es que desde los tiempos de Hipócrates, Galeno, Avicena, Paracelso, Harvey, Jung, la histeria rebasaba todo recurso de la medicina. ¿Qué remedio podría calmar el furor de las adolescentes que, de repente, se convertían en las aterradoras brujas de Salem, Massachusetts, 1692? Recién en el siglo XX, los alaridos de desahogo que las negras de Estados Unidos inventaron en las iglesias del sur, en el fragor del cántico de los spirituals, encontraran resonancia perfecta en los conciertos de rock. Y santo remedio. 

Pero durante centurias, pese al avance de la ciencia, la única apelación que conocían los médicos para apagar el fuego del gineceo era perpetrarles una pajita (sí, sí, una pajita) manual a las histéricas, acto legitimo a la luz del juramento hipocrático ( ..y que a padres y esposos les parecía muy bien, fíjate). Además, mientras el médico obraba tal terapia, le iba diciendo a la paciente no sé si palabras sedantes o excitantes. Habría que preguntarle al ilustrado doctor Max Silva, especialista en la materia. Todo fue manual, apenas con los dedos untados en mantequilla de cacao, hasta el día de 1911 que el médico John Keough, de California (cansado de tanto trabajo manual), patentó el primer vibrador eléctrico para autocomplacencia. Falo niquelado, todavía sin microchip ni inteligencia electrónica, con una cabeza cónica, combada, más grande que el tronco. John Keough confesó que se había inspirado al ver un camarón entero en el plato de una exótica sopa peruana. ¿Acaso una parihuela, un chupe? Quién sabe.

Se supone, entonces, que los hombres no sufrían de histeria. Desde que empezaban a tener leche en los porongos, muchas señas le indicaban al susodicho que podía desfogar en una casa de tolerancia. Para eso servía la guaraca, para arrojar la piedra y esconder la mano brava. Quizás por tal razón, solo tardíamente, la industria porno -no la tecnología médica- puso al alcance discreto de los tímidos algo más eficaz que la muñeca inflable. Un mero coño eléctrico de bolsillo, peludo o lampiño, con meneo centrífugo y centrípeto, conforme a la geometría elíptica, no euclidiana, de Georg Riemann, combinable al gusto del usuario, mucho mejor que el más ansiado y mítico perrito. ¡Ay, Mariposa Galindo, como recuerdo tu coño tan lindo! Por lo visto, también la ciencia médica estaba traspasada de machismo, tanto que la histeria discriminaba y prefería único a las hembras. 

Hace décadas que a Rosemary Kennedy se la daba por muerta. Pero no estaba muerta. Llevaba, por decisión familiar, una nula existencia de silencio y olvido en un hospicio para ricos, lejos de Boston, en Jefferson, a orillas de alguno de los 8,500 lagos que pululan en el estado de Wisconsin. Allí permaneció durante sesenta años, hasta su reciente fallecimiento a la edad de 86 años. Era la mayor del clan, pues el primogénito, Joseph Kennedy Jr., murió a los 29 años, en la segunda guerra mundial, cuando se estrelló el avión en el cual cumplía misión bélica.

Al enterarme de la muerte secreta de Rosemary Kennedy quedé desconcertado, como si el tiempo estuviera corriendo al revés. Entonces me vino a la mente la imagen del consolador, ese adminículo ominoso que tanto nos intrigaba en la pubertad. Cada cual alardeaba que conocía el consolador, hasta Mijito Pereyra, a quien creíamos virgo y casto. Pero, la purita verdad, nadie jamás había visto uno, ni siquiera en fotografía o en algún inaudito catálogo Sears Roebuck en inglés, contrabandeado desde Puerto San Juan, Marcona.

Claro, la mayoría no ha visto el consolador hasta el día de hoy. Sin embargo, imitaban de manera fidedigna, en especial el Galgo Aranguren, el jadeo de la hembra insaciable, ninfómana irremediable, que en lugar de hombres inútiles, moco de pavo, prefería el incansable aparato de la perdición. Mariposa Galindo, que conocía el tejemaneje de cada músculo en los menesteres del contubernio, y qué sentimientos despertaba cada fibra, aseguraba que los arranques místicos de Santa Teresa de Jesús, aquella lanza de Cristo que la penetraba, eran ardores humanos que al fin los desfogaba.

Igual a sus hermanos, John y Robert, que follaron por turno a Marilyn Monroe, Rosemary Kennedy era de temperamento caliente. Para su desgracia, el patriarca y banquero Joseph Patrick Kennedy pensaba que la lujuria solo podía tolerarse en los hombres. Incluso propiciarse para que cada hijo fuera machazo y pisador, gallo en cualquier corral. En este aspecto, la ciencia médica coincidía con la idea patriarcal: la arrechura era de carácter varonil. Cualquier vehemente deseo sexual en una mujer no era otra cosa que enfermiza ninfomanía. Aun el sabio Sigmund Freud creía que la cachondez femenina revelaba neurosis. Y en esta creencia lo siguieron Michel Foucault y el talentoso Jacques Lacan, pese a que ambos eran homosexuales perspicaces. Por supuesto, a la joven Rosemary Kennedy le interesaba la satisfacción carnal en vivo y cuerpo a cuerpo, yin y yan. O sea, el supremo 69, la forma de lujuria en la cual Dios pensó cuando la estableció como uno de los siete pecados capitales.

Hasta que a Rosemary Kennedy la cuadraron igual que a potranca alunada que podía haber repetido los versos que una vez cantó Mariela Dreyfus en su poema "Equinos": "y al borde de la noche cedo mis ancas al jinete/ para después relinchar gozosa sobre el prado". Rosemary Kennedy tenía 25 años cuando el patriarca Joseph Patrick Kennedy autorizó que le practicaran una cirugía que entonces, 1944, se consideraba portento neurológico. Con la mayor arrogancia científica, siguiendo las pautas de la teoría fascista de Paul Broca, a Rosemary Kennedy le extirparon la circunvolución cerebral que suponían activaba la lujuria. Quedó idiota para siempre, sin saber quién era, hasta hace pocos días que murió ya anciana, al cabo de más de medio siglo de vida oculta en un hospicio de Wisconsin. Oficialmente se dice que nació retardada por voluntad divina. Con entera razón, Mapy Kruger Barton y una amiga rompieron a martillazos una exclusiva clínica psiquiátrica, en Lima, donde las habían retenido a la fuerza. Todavía la neurología rinde homenaje a Paul Broca. El área del cerebro que se cree controla el lenguaje, lleva su nombre.

Cuando en Estados Unidos spirituals y blues evolucionaron hacia el R (rhythm and blues) y de ahí al rock, los alaridos que antes habían sido un detalle solo de las jóvenes negras en las iglesias del sur, calaron de repente en el ánimo de todas las adolescentes del mundo. Y se acabó la histeria. Tal fenómeno había comenzado en 1955, con Little Richard y su "Tuttifrutti", que vendió un millón de discos. Entonces el rock todavía era negro. Pero al año siguiente Bill Halley y sus cometas iluminaron el firmamento con "Al compás del reloj", que llegó al Perú en 1957, el año que John Lennon aun estaba en la secundaria y Los Beatles ni siquiera eran un sueño. En el momento que el aldeano Elvis Presley echó mano, sin escrúpulos, de "Tuttifrutti", ya el rock había cambiado de color. De la histeria que requería consolador, ya no quedaba ni huellas en la carne.

Tarde, en 1952, casi una década después del fiasco con Rosemary Kennedy, la American Psychiatric Association borró a la histeria de su lista de enfermedades mentales. Sin embargo, el consolador no quedó obsoleto. Más bien se volvió sofisticado y seductor, objeto precioso para el puro placer y la mañosería. Lo asumió, gustosa, la parafernalia porno erótica. Algunos ya tienen microchip y hasta eyaculan un almidón hormigueante y temperado, producto de la nanotecnología última."

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Visto aquí, escrito por algún articulista peruano cuyo nombre no aparece y a sugerencia del bueno de Laluzenmi.....

La Cospedal es Acebes con tetas, aunque menos femenina....

Copio aquí un artículo de Manuel Rico del blog Trinchera digital, que me parece muy acertado y sobre el tema de lo que estos día se está sabiendo de corrupciones peperas y espionajes y escuchas de peperos contra peperos y toda esa mierda que les está estallando en los morros, como no podía ser de otra manera y ya tardaba desde que perdieron el poder, a esta derecha que nos has tocado sufrir..

 

"Brillantísima Cospedal

 

No escatimemos elogios a María Dolores de Cospedal. La intervención de ayer de la secretaria general del PP debe ser calificada, como mínimo, de brillantísima. Estamos ante una estratega descomunal, una oradora ciceroniana y una investigadora inmensa. Ella solita ha desmontado en tres minutos la campaña de acoso y derribo orquestada desde el PSOE para ensuciar la pulcra imagen de la derecha. Y, de momento, sólo ha dado el brochazo gordo, la idea fuerza: la culpa de la corrupción del PP es de Zapatero, Blanco et al. Pero durante los próximos días irá desgranando los detalles, que en rigurosa exclusiva les adelantamos desde este modestísimo blog:

1) Ignacio González no quería que las obras del campo de golf de Chamberí las hiciera una empresa donde su cuñado era “promotor de proyectos”, ni deseaba adjudicarle la explotación de dichas instalaciones deportivas a una empresa del socio de su hermano y de su cuñado, y mucho menos que estos dos familiares se hicieran con la mayoría de las acciones de la empresa beneficiada por el número dos de Aguirre. En realidad, cuando adjudicó las obras, el vicepresidente pensaba que Pablo González era hermano de Tomás Pérez y que José Juan Caballero era cuñado de Maru Menéndez. Tras descubrirse el error, el hombre se encuentra apenadísimo por la mala suerte que tiene con las adjudicaciones.

2) Luis Carrera, el flamante fichaje de Feijóo para que el dinero de los gallegos “estuviera en buenas manos”, quería cobrar una comisioncita de 240.000 euros en un banco de Xinxo de Limia y declarar el ingreso inmediatamente a Hacienda. Pero Pepe Blanco le dijo que no fuera tonto,que cobrase mejor en las Caimán y que se olvidara del Fisco. Y así lo hizo. Desde luego, en contra de su voluntad y de sus costumbres. Pero seamos serios: ¿Qué españolito no tiene abierta al menos una cuenta en las Caimán? ¿Qué españolito no cobra de vez en cuando comisiones de 240.000 euros? ¿Qué españolito le confiesa a Hacienda todos los ingresos que recibe en paraísos fiscales?

3) El pobre Mariano, cuando dirigió las campañas electorales del PP en 1996 y 2000, estaba seguro de que Francisco Correa era el encargado de organizar los actos de los socialistas. Al enterarse de que no era así, y por evitar que el chaval se quedase en el paro, aceptó que trabajase para su partido. Pero no intercambió ni media palabra con él. Nunca. Es más, cuando lo veía por Génova, el pobre Mariano se tapaba los ojos con sus manos y se ponía a tararear alegres cancioncillas. ¿Y qué decir de Pablo Crespo, durante años secretario de Organización del PP gallego? Pues que ni siquiera lo conocía, porque ya se sabe que el pobre Mariano jamás en su vida ha estado en Galicia. Vamos, hasta anteayer ni siquiera tenía idea de que existía una comunidad autónoma con tal nombre.

4) Y, por supuesto, todo este montaje del PP no se podría haber montado sin la colaboración activo del malvado Rubalcaba y del juez Garzón. ¿Pero cómo se le ocurre a la Policía investigar una trama de corrupción vinculada al PP? ¿Acaso no saben en el Ministerio del Interior que cuando la derecha se queda con bienes ajenos no es “robo”, sino “acumulación capitalista”? Y qué decir del juez Garzón, un chiquilicuatre que se entera de la comisión de unos presuntos delitos y no tiene mejor idea que detener a los supuestos delincuentes, en vez de esperar a que pasen las elecciones. ¿Que Correa quería largarse cuanto antes a Senegal? Minucias. Lo importante es que, tratándose de conocidos conseguidores socialistas, Garzón debería haber llamado a Cospedal para ver cuándo le venía bien que detuviesen al señor."

 

¡Pero, che!

La trama

Jorge Luis Borges

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío!. Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! ...

Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

FIN

Las mejores cosas de la vida (y las peores) empiezan...y acaban.

A las 7,35 de la mañana.....(corto de Nacho Vigalondo)

.....Pero, como las mejores cosas de la vida ( y las peores), esta canción empieza...y esta canción termina...

Dédalo e Ícaro o El desafío controlado y asesorado.

Dédalo, era un artesano ateniense muy hábil y que gozaba de una gran reputación, aunque parece que no era la mejor persona del mundo, nadie es perfecto, y que entre otras cosas contruía laberintos por encargo, además de inventar toda suerte de artilugios y maravillas de la técnica, de la de entonces, cosa que le granjeó, puta envidia, no pocas antipatías, entre ellas la de su propio rey, Minos, que lo encerró junto a su hijo Ícaro o en una torre aislada (aquí hay distintas versiones), o en el propio laberinto que Minos le había encargado a Dédalo para encerrar al Minotauro. (Otro día hablamos del Minotauro, que este también tiene su miga mitológica).

El caso es que Dédalo y su hijo Ícaro estaban atrapados en aquel laberinto de aquella isla que Minos controlaba por tierra y por mar con mano de hierro, lo que dejaba, aún no había control aéreo, el cielo como única salida posible para la fuga.

Siendo Dédalo tan hábil y tan listo, al observar a las aves volar por encima de sus cabezas pronto se le ocurrió que con las plumas que se le caían a las propias aves y que él fué recogiendo con paciencia mitológica, y la cera de las abejas del lugar, la solución estaba en fabricar unas alas, pegando las plumas con la cera, con las que intentar salir volando de su prisión.

Y lo hizo. Dédalo es el patrón, o debería serlo, de los locuelos que vuelan en parapente o similares, pues no tardó en fabricarse dos pares de alas que, después de las pertinentes pruebas, pronto estuvieron listas para emprender la huída volando, no sin advertir muy en serio a su hijo que no debía volar muy alto porque la cera se podría derretir, ni demasiado bajo, no fueran a mojársele las alas. Imagino que también le diría, aunque eso no consta en la mitología, que no hiciera como las groseras gaviotas y mirara muy bien de no salpicarle en pleno vuelo con sus cagaditas.
Y remontaron el vuelo.
A Ícaro, putos chiquillos alocados de mierda que se creen tan listos, enseguida se le olvidaron los consejos paternos y, con el subidón de poder volar y tal, se puso a hacer "picaos" en barrena, acrobacias y, sobretodo, y eso fué lo que le perdió al sentirse tan libre y tan guay, creyendo que podía con todo, comenzó a subir y a subir con la vana intención de alcanzar, de conquistar el sol, sin recordar que su equipación no estaba preparada para tan altos vuelos.....
No es difícil imaginarse las consecuencias de la locura. La cera se derritió por el calor, con lo que todas las plumas se le cayeron muy pronto, a consecuencia de lo cual, y ante la aterrorizada mirada de Dédalo, el chico se precipitó al mar.....
Post Scriptum y Moraleja.-
La Mitología dice que Ícaro desapareció en las procelosas aguas marinas pero, fantasía por fantasía, yo quiero creer que lo recogieron unos nobles pescadores, siempre hay gente noble por ahí, y le enseñaron que, y esta es la moraleja didáctica que yo hago de esta historia, cada cual que haga la suya, están muy bien los jóvenes desafíos vitales, parece que es inevitable la juvenil inconsciencia, pero Ícaro, todos los "ícaros" que en el mundo son o han sido, deberían saber tomar nota de los peligros que desafían y que los padres, las madres, conocen, no porque sean más listos, ni siquiera por ser más hábiles, habrá de todo, si no porque ellos también fueron jóvenes, también se sintieron fuertes como para desafiar inconscientemente al mismísimo sol, solo que, disfrutándolo igual, supieron volar a la altura debida y sin cometer excesivas imprudencias, lo que les convierte automáticamente en unos magníficos maestros de vuelo.
El modesto autor de este artículo, aunque menos "manitas" que el artesano ateniense, no deja de ser un poco Dédalo que en día fué un poco Ícaro, no está diciendo que no ha de haber desafíos juveniles a los que lanzarse a conquistar, ni que deje de ser un placer acojonante volar haciendo las fantasías acrobáticas que la imaginación y las posibilidades te permitan. Nada más lejos de su intención. Lo que dice es que, junto al desafío, hay que usar la sabiduría de los que conocen mejor hasta dónde y cómo podemos llegar o, si se quiere, tienen ya contrastados los artificios que hemos inventado para volar bien, y han tenido y tienen la fuerza y el conocimiento, son muchas horas de vuelo, para saber cómo hacerlo sin ir pegándose demasiadas hostias por ahí....... Ni salpicar a los demás con nuestras cagaditas e imprudencias.
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Rosa Montero plagiando a su propia abuela, Rosa Montero.

Ya me repateaba bastante la Montero. Apreciaba yo una clara costra falsa y derechona en sus columnas en el País y observaba sus modales de diosa triunfadora en el difícil arte de escribir, estupidilla ante los periodistas, pagadísima de sí misma, como levitando, como si su reino no fuera de este mundo.....

El genial Hernán Casciari, el argentino de los mil blogs y que ahora tiene uno fijo en el País, en el mismo País que escribe sus columnas la Montero, le acaba de pillar cagando, valga la vulgaridad, mientras ejercía de crítica de televisión....PLAGIANDO A SU PROPIA ABUELA!!!!!....
Pero dejemos que sea el propio Casciari,el que lo cuente, que a mí me da la risa:



"Ayer apareció, en la contraportada de este periódico, un texto de Rosa Montero llamado "Sadismo", en el que la escritora arremete contra la serie de televisión Dexter, culpándola, entre otras cosas, de provocar la agresividad y el sadismo gratuito entre los grandes y los chicos.
La escritora escribe con soltura sobre una obra de ficción de la que, confiesa, sólo ha visto unos minutos porque le resultó "repugnante". Pero no quiero seguir explicando sus palabras, es imprescindible la lectura completa del texto, que no tiene desperdicio:

Sadismo

por Rosa Montero

(El País, 11 de diciembre de 2007)
Llega una nueva serie de televisión que ya estaba en el cable. Rizando el rizo de la venta al por mayor de la violencia, el protagonista es un psicópata encantador, un sádico simpático que busca la complicidad del espectador.
Para endulzar la despampanante orgía de sangre, atrocidades perversas y refinada saña, este agradable asesino en serie sólo mata a los malos, es decir, a aquellos que a su vez son asesinos. Por cierto que no acaba con ellos por hacer justicia, sino porque disfruta haciendo sufrir. Ya digo que es un sádico. No pude terminar de ver ni siquiera un capítulo, así de repugnante es el producto.
Según un informe del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, los niños españoles pasan frente al televisor 930 horas al año, por 900 que están en el colegio. Cada hora ven entre cinco y diez actos violentos, y está demostrado que cuanta más violencia televisiva han visto, más agresivos son a los dieciocho. Se me ocurre que este nuevo carnicero dejará su huella en grandes y chicos.
En los años setenta, las películas que ofrecían dosis masivas de violencia bajo la tenue justificación de un justiciero solitario que mataba malos, como Harry el Sucio, eran consideradas reaccionarias. Hoy, en cambio, se diría que el sadismo está de moda, con el agravante de que ahora las carnicerías son infinitamente más perversas y realistas. Hoy Quentin Tarantino saca en primer plano cómo torturan a un tipo rebanándole la oreja lentamente y a todos los modernos les parece la bomba. Y lo mismo sucede con este nuevo héroe televisivo cruel y morboso: qué guay, un matarife psicopático. Diversión a tope.
Explotar el sadismo para obtener más share se considera de lo más normal, forma parte de ese fofo "vale todo" en el que vivimos. A mí, sin embargo, me repele: debo ser una antigua.

-----------Y continúa Casciari....

Mi idea inicial fue debatir, en estas páginas, la enorme cantidad de boludeces que escribe Rosa Montero en su columna, pero sin embargo me llegó, a tiempo, un documento que la exonera de toda culpa. El problema de Rosa Montero no es su incapacidad de comprender la ficción televisiva.
Ella no es, como el resto de los intelectuales quisquillosos, una especie culta que desprecia toda la tele sin excepción. No es de las que pueden hacer una crítica certera viendo sólo cinco minutos de una obra. No. Lo que tiene Rosa (casi igual que Dexter Morgan) es un problema con su pasado.
Publico aquí, en exclusiva, una columna aparecida el 11 de diciembre de 1917 en el periódico La Vanguardia. La escribe Rosa Montero, la abuelita de la actual Rosa Montero.

Sadismo

por Rosa Montero

"(La Vanguardia, 11 de diciembre de 1917)
Llega un nuevo folletín a mi biblioteca, que fue publicado en doce episodios por la revista rusa El Mensajero, hace ya cuarenta años, con el nombre de Преступление и наказание (aquí, creo, la llamarán Crimen y Castigo y aparecerá en forma de libro a principios de marzo de 1918). Rizando el rizo de la venta al por mayor de la violencia, el protagonista es un muchacho encantador, un asesino sádico la mar de simpático, llamado Raskolnikov, que busca la complicidad del lector. Una complicidad inaceptable.
Para endulzar la orgía de muertes, atrocidades perversas y refinada saña, este agradable asesino sólo mata ancianas, es decir, seres desvalidos que no le hacen mal a nadie. Por cierto que no acaba con ellas para hacer justicia, sino porque desea saber si es posible matar sin razón, sin dejar huella, y cometer de este modo el crimen perfecto. ¡Ya digo, es un sádico! No pude terminar de leer ni siquiera las primeras páginas, así de repugnante es el libro.
Según un informe del Centro Reina Victoria para el Estudio de la Violencia, los niños y jóvenes españoles consumen esta mal llamada 'nueva literatura' unas 930 horas al año, por 900 que están en el colegio. Cada hora son cómplices de entre cinco y diez escenas literarias violentas, y está demostrado que cuanta más violencia han leído, más agresivos son a los veintidós años. Se me ocurre que este nuevo asesino ruso dejará su huella en grandes y pequeños.
En 1840 apareció un libro que ofrecía dosis masivas de violencia bajo la tenue justificación de un gorila solitario que mataba gente. La novelita se llamó Los Crímenes de la calle Morgue, del ya olvidado escritorcito borracho Allan Poe, y fue considerada por mi madre (columnista de opinión también) una obra espantosa. Hoy, en cambio, se diría que el sadismo está de moda, con el agravante de que ahora los asesinatos no son ejecutados por primates, ni por chimpancés, sino por supuestos hombres decentes como el impresentable Raskolnikov.
En la actualidad de este flamante siglo XX, Howard P. Lovecraft ha escrito sin escrúpulos el asqueroso libro El caso de Charles Dexter Ward, la historia de un hombre degradado física y psicológicamente por su familia, que acaba (¡cómo no!) provocando un baño de sangre. Y lo mismo sucede con este flamante héroe ruso del tal Dostoyevski, este funcionario cruel y morboso llamado Raskolnikov: qué alegría, un soviético psicopáta. Diversión a troche y moche.
Explotar el sadismo para obtener más ventas literarias se considera de lo más normal, forma parte de ese fofo vale todo en el que vivimos en este nuevo siglo XX tan extraño. A mí, sin embargo, me repele: debo ser demasiado moderna.
Ojalá un día llegue la famosa televisión y se acaben todas estas porquerías literarias."

Como véis, la Rosa Montero actual, la diva que se mesa lánguidamente la cabellera abrumada por el peso de su propia genialidad, se ha limitado a copiar y cambiar lo imprescindible de una crítica que hizo SU PROPIA ABUELA sobre un tema semejante....en el año 1.919!!!!! . Supongo que a partir del hallazgo de Casciari, no costaría nada revisar y encontrar en otros artículos, quien sabe si libros enteros, la "influencia" de su abuelita en la obra de la genial escritora....Juas, juas¡¡¡
Te cagas¡¡¡¡


(Menos lo "azul" lo demás lo he fusilado todo del citado blog de Hernán Casciari en el País.)

Donde el corazón te lleve.




Susanna Tamaro (Italia, 1.957)
Donde el corazón te lleva (fragmento)


"Cada vez que te sientas extraviada, confusa, piensa en los árboles, recuerda su manera de crecer. Recuerda que un árbol de gran copa y pocas raíces es derribado por la primera ráfaga de viento, en tanto que un árbol con muchas raíces y poca copa a duras penas deja circular la savia. Raíces y copa han de tener la misma medida, has de estar en las cosas y sobre ellas: sólo así podrás ofrecer sombra y reparo, sólo así al llegar la estación apropiada podrás cubrirte de flores y de frutos. Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad que respiraste el día que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve. "

El ciego Perfecto

Este es un cuento que a mí me encanta de Fernando Morales, un escritor argentino amigo mío, y lo digo con legítima soberbia y antipático orgullo que a alguien pudiera parecerle estúpido, pero me da igual y disfruto jodiendo a ese alguien, al que conocí, gracias a Internet, hace como diez años y con el que también nos hemos conocido personalmente, pues ha venido a verme un par de veces aprovechando sus visitas a su novia barcelonesa, también amiga. "El Argen", nick con el que le conocemos y hacemos tertulias prácticamente todos los días desde hace todos esos años, nació el 25 de mayo de 1951 en Mendoza, una provincia pegando ya con los Andes, en la frontera con Chile, y se dedica a eso, a escribir, no sé si mucho porque es un gran vago, pero vive de eso, de los libros que escribe, colaboraciones en diarios y revistas y los cuentos como éste, con los que gana todos los concursos literarios en los que se digna participar y en los que su único requisito es que paguen un puñado de euros, manutención obliga. Sus premios nacionales e internacionales se cuentan por decenas. Actualmente vive en la ciudad de Buenos Aires, aunque sin precisar exactamente dónde por temor a las represalias de sus víctimas...
No le hagais mucho caso, le gusta provocar. Sólo apreciar su incisiva pluma y su negro, pero brillante, humor. Como otras gentes que he conocido del mismo palo, aparentemente serios, aparentemente asociales, aparentemente crueles, resulta que es una persona encantadora, con una mente preclara del que he aprendido un montón de cosas, una persona sensible, casi tierna, un tipo que, puesto a querer me quiere hasta a mí, un "despreciable gallego que hincha por el Real de Madrid", él, un puto bostero sudaca de mierda (hincha por Boca Juniors).

Un gran tipo detrás de ese cabronazo que nos endilga cuentos como este del Ciego Perfecto, deliberadamente cruel e hijodeputa, pero que tiene, aparte de su evidente calidad literaria, en su español argentinizado, aunque en este cuento concretamente escribe todo lo "gallego" de que es capaz, una gracia del cagarse...

EL CIEGO PERFECTO

"Con mi hermano el Flaco jugábamos a un juego que se llamaba Sorprendiendo al Ciego. Era la época en que vivíamos en el pasaje Peluffo, en la misma cuadra de la Biblioteca Para Ciegos, y el continuo tráfico de invidentes nos dio la idea. Era, en realidad, muy sencillo: habíamos notado que los ciegos caminan siempre muy cerca de la pared, moviendo su bastón blanco a diestra y siniestra, a unos diez centímetros del suelo. El juego consistía en colocar una pila irregular de adoquines lo suficientemente cerca de la pared, pero al mismo tiempo lejos del alcance del arco que describía el bastón. La correcta colocación de los adoquines era todo un arte, y nos llevaba su tiempo el ubicarlos en el lugar preciso, porque hay ciegos de arco pequeño y ciegos de arco grande, por lo que debíamos tener en cuenta todas las posibilidades: si el bastón golpeaba los adoquines, el ciego detenía instantáneamente su marcha y exploraba el obstáculo con su bastón; luego lo eludía, estropeando la diversión. Pero no era éste el objeto del juego; el bastón no debía tocar los adoquines: un punto; el ciego debía tropezar con ellos: dos puntos; y finalmente caerse: tres puntos. Si gritaba —algunos gritaban de dolor, o de sorpresa— era un punto adicional. Y en los raros casos en que se levantaba insultando (al imbécil que había dejado ahí los adoquines, a la Municipalidad, o a Dios) uno podía acceder a lo que llamábamos Ciego Completo, un ciego de cinco puntos, que por su especial carácter de Completo otorgaba otros cinco puntos al ganador. Mi propuesta de premiar con distintos puntajes adicionales al ganador de un Ciego Completo según quién fuera el destinatario del insulto (por ejemplo: un punto para el imbécil, dos para la Municipalidad y tres para Dios) no halló eco en el Flaco, para quien la puteada era suficiente premio. El primer ciego que venía era para mí y el siguiente para el Flaco, o viceversa, y nos pasábamos las tardes sumando puntos. No era fácil toparse con un Ciego Completo, por lo que por lo general sumábamos un promedio de dos puntos por ciego, descontándonos uno cada vez que alguien eludía los adoquines.

El inconveniente mayor de este divertimento se llamaba Señorita Agatha, la bibliotecaria, gorda y con anteojos muy gruesos; cada tanto un ciego —que había dado puntos o no, no podíamos saberlo— le avisaba de los adoquines, y la Señorita Agatha salía de la biblioteca bufando y bamboleando su imponente trasero, y desarmaba la pila, colocándolos junto al árbol y mirando hacia todos lados, como buscando al culpable. Nosotros, convenientemente ocultos en el balcón del primer piso, espiábamos sus movimientos con decepción; luego dejábamos pasar un lapso razonable y volvíamos rápidamente a armar la pila. Así, dos o tres veces por día. Los intentos por descubrirnos resultaron siempre infructuosos, pero, con mucho tino, resolvimos que no podíamos confiar indefinidamente en nuestra buena suerte: alguna vez seríamos sorprendidos en plena tarea, así es que decidimos cambiar el juego. Fue de esta manera que Sorprendiendo al Ciego prescindió en adelante de los adoquines y adoptó la tanza, ese hilo de nylon que utilizan los pescadores. Amarrábamos firmemente una punta alrededor del árbol, y la otra a la reja de la ventana de la señora de Daguerre, que a Dios gracias tenía la persiana siempre baja, porque por alguna razón la señora de Daguerre pensaba que el sol estaba relacionado con el pecado.

La colocación de la tanza también tenía sus bemoles, pues, en principio debía quedar totalmente tensa. De otro modo, el juego no tendría objeto. Y luego estaba la variedad de ciegos: había ciegos altos, ciegos bajos, con anteojos negros, sin anteojos, apurados y de paso tranquilo. De manera que debíamos colocar la tanza de arriba a una altura determinada, para que diera en la cara del ciego participante, y como no podíamos —por razones obvias— andar midiendo ciegos, era éste un trabajo que debíamos hacer a ojo de buen cubero. La tanza baja presentaba menos dificultades: los ciegos podían ser muy disímiles entre ellos, pero todos estaban obligados a caminar con los pies en el piso, como cualquier mortal, por lo que bastaba con colocar la tanza baja a la altura de un tobillo normal para asegurarse del buen resultado de la empresa.

El juego consistía, en esta versión, en hacer saltar de la cara del ciego cualquier cosa que tuviere puesta: anteojos, pipas, cigarrillos: un punto. Luego estaba el tiempo que tardaba en encontrar el objeto perdido, tanteando con las dos manos en el suelo. Habíamos acordado un punto cada cinco segundos, y el conteo del tiempo cesaba cuando el ciego encontraba su cosa o bien algún comedido se la alcanzaba. Los de baja estatura, que eludían sin dificultades la tanza alta, caían indefectiblemente en la trampa de la tanza baja, con el consiguiente tropezón, caída, insulto, etc., medidos con el puntaje de la versión anterior del juego. Debo decir que las tanzas representaban una molestia también para los videntes, que se veían obligados a practicar extrañas contorsiones para sortearlas, aunque debido —supongo yo— a la idiosincrasia de nuestro pueblo, jamás se les ocurrió cortarla: simplemente las esquivaban y seguían su camino, sin siquiera volverse para mirarlas. Esta tarea —la de cortarlas— quedaba en manos de la Señorita Agatha, que salía de su cueva como una gigantesca araña, siempre bufando, tijeras en mano y destruía en un santiamén el fruto de nuestro trabajo. Durante algún tiempo el juego fue desarrollándose sin sobresaltos, hasta que un día ocurrió un caso que yo consideré excepcional, y lo expongo aquí para someterlo a la consideración de terceros imparciales: un ciego (que era mío) tropezó con la tanza alta y volaron al diablo sus anteojos, pero por el impulso que llevaba —venía caminando muy apurado— se enganchó también en la tanza baja, cayendo cuan largo era y rompiéndose la nariz. Naturalmente, se levantó insultando (al imbécil, a la Municipalidad y finalmente a Dios) y de pronto comenzó a llorar, tanteando con la mano la pared hasta apoyarse en ella, sangrando por la nariz. Y si alguien no está de acuerdo conmigo puede decirlo, no me ofenderé, pero en ese momento inventé la figura del Ciego Perfecto. Aún hoy estoy convencido de que ese ciego valía por lo menos veinte puntos, era justo de toda justicia, y así se lo hice saber al Flaco, que negaba con la cabeza. Él sostenía la tesis de que sólo debían sumarse los puntos de la manera convencional, y no veía motivo alguno para añadir puntos extra. "Cómo que no —dije, algo ofuscado— ¿y la sangre?, ¿y el llanto?". Sin embargo el Flaco se mantuvo firme en su posición, aduciendo que en ningún momento habíamos incluido a la sangre o el llanto como otorgadores de puntaje; lo cual era cierto, jamás discutiría el punto, pero me parecía una evidente cuestión de sentido común: este ciego había tenido una actuación maravillosa, y tanto él como su ocasional propietario —en el presente caso, yo— teníamos derecho a una gratificación extra, altamente merecida en mi criterio. Le hice notar que era nuestro primer ciego que lloraba después del incidente —los ciegos suelen ser más bien duros y sufridos, más bien reacios a expresarse con humedades— y eso también debía tener su valor, ¿o no era así? No era así, por lo menos en el criterio del Flaco, que se mantuvo inconmovible como una roca.

Finalmente accedí, a regañadientes, a conformarme con el puntaje habitual, pero desde ese día una sombra se instaló en el límpido cielo de la relación entre mi hermano y yo, hasta ese momento nunca alterada por un sí o un no. Para ser más claro: no pude evitar, en lo sucesivo, albergar un ominoso resentimiento contra mi hermano, a quien sin embargo seguía queriendo como siempre. Este pequeño rencor fue el culpable de que comenzaran discusiones antes impensables en nuestros armoniosos juegos ("Sí, los anteojos saltaron, pero no cayeron al suelo, quedaron enganchados en la tanza; por lo tanto, no corresponde puntaje". O bien "De acuerdo, tropezó con la tanza baja, pero alcanzó a poner una mano, por lo que, técnicamente, no se puede considerar a eso una caída: es casi como si no hubiera tropezado") y cientos de tecnicismos rocambolescos, vergonzosamente rebuscados, que pronto descubrimos le quitaban interés al juego. De manera que, teniendo una relación tan franca y abierta como la que teníamos, un día le dije directamente, mirándolo a los ojos: "Flaco, me parece que todos estos problemas empezaron con aquel ciego que se rompió la nariz y lloró, si te acordás: reconozco que desde ese día te guardo algo de rencor, injusto o no, pero es algo que no puedo evitar; sospecho que es por eso que le busco tantas vueltas y pongo reparos cada vez que un ciego te sale bien". El Flaco, espíritu hidalgo, reconoció a su vez que había tenido muchas dudas con ese caso, pero que había actuado según su conciencia, y que ahora, aún lamentándolo por las consecuencias que había generado, seguía pensando de la misma manera. Las posiciones eran, evidentemente, inconciliables, y nos habríamos visto obligados a dejar el juego, si no hubiera sido por una idea luminosa del Flaco, que es un hombre muy inteligente: ¿qué tal si sometíamos el episodio al laudo inapelable de la asamblea familiar? Me pareció una ocurrencia brillante, y convocamos a la familia para esa misma noche. La familia eran papá, mamá y el abuelo, que estaba bastante sordo y había que gritarle. No es que fuéramos niños recurriendo a papá, entiéndase, yo tenía treinta y dos años y el Flaco treinta y cinco; estábamos recurriendo en realidad a un mecanismo, eminentemente plural y democrático, con el que se resolvían en casa todos los problemas de alguna gravedad. Se me dirá que no era éste un "problema de gravedad", a lo que me apresuraré a asentir, pero no dejaré de hacer notar que el tal problema, banal en sí mismo, estaba afectando seriamente mi fraternal relación con el Flaco, y éste sí que era un problema serio. De manera que, esa noche, reunidos alrededor de la mesa familiar, debatimos la cuestión. Papá y mamá escucharon atentamente y no hicieron preguntas. El abuelo quiso saber si el ciego había llorado antes o después de romperse la nariz; nos parecía un detalle sin relevancia, pero se lo dijimos y se quedó tranquilo. Yo expuse mi punto de vista con cierta vehemencia, dado mi carácter apasionado, y el Flaco relató su versión de los hechos con su habitual parsimonia, sin olvidar ningún detalle. Luego mamá, papá y el abuelo se retiraron a deliberar al dormitorio, mientras en el comedor mi hermano y yo conversábamos con amabilidad de temas generales. No se escuchaba ningún ruido proveniente de la habitación, salvo la voz del abuelo que, como todos los sordos, hablaba en voz muy alta. "Pero lloró después de la nariz", protestaba, por alguna razón. Finalmente volvieron a la mesa, y papá, como jefe de familia, llevó la voz cantante y pronunció el veredicto: "Hemos decidido, luego de escuchar las razones de ambos, que la conducta de este ciego da sin lugar a dudas la posibilidad de ser calificada de perfecta, por lo que aprobamos la figura de Ciego Perfecto —por encima de la de Ciego Completo—, aún cuando no haya sido previamente concertada, y le adjudicamos un puntaje equivalente al del doble del Ciego Completo. Esperamos haber sido justos y equitativos, y sea lo que fuere que piense cada uno de ustedes, nos gustaría que recordaran que ambos son nuestros hijos y los queremos por igual; aquí sólo se ha tratado de opinar sobre un caso puntual. Por otra parte, deben tener presente que sólo se trata de un juego, que mañana bien pueden estar jugando a otra cosa —a las cartas, pongo por ejemplo— por lo que no deberían permitir que pequeñas desavenencias derivadas de estas actividades de mero esparcimiento molesten su relación. Ahora vayan a jugar". Los cinco —incluido el Flaco, naturalmente— prorrumpimos en aplausos, tal como hacíamos cada vez que la asamblea familiar llegaba a un veredicto. Rápidamente volvimos al balcón, y yo sentí la necesidad de decirle algo al Flaco:

—Flaco, no me voy a agregar esos puntos en el cuaderno. Quería que lo supieras. —El Flaco me sonrió, sin ningún rencor.

—La asamblea ha dicho que ese ciego valía el doble, así es que vale el doble. Las decisiones son inapelables.

—Ya lo sé, pero es que yo... creo que sólo necesitaba que me dieran la razón, que me dijeran que no estaba equivocado. No quiero los puntos, ya estoy satisfecho. Te lo juro.

Luego de una breve y amable discusión, acordamos que me sumaría la mitad de los puntos que me correspondían, y seguimos jugando un tiempo más. Resolvimos agregar un punto por la sangre y otro por el llanto. Y, en previsión de otras contingencias, un punto por pérdida de conocimiento.

Cuando no estábamos jugando, cada uno se dedicaba a sus cosas. El Flaco ayudaba a mamá en la cocina, bañaba al abuelo —se resistiera o no— varias veces al día y discutía con papá sobre cómo debería ser el mundo, sentados en los sillones del living. Para papá el planeta debería estar absolutamente despoblado, "por una cuestión de higiene", decía, aunque reconocía el inconveniente de no estar allí para disfrutarlo; mi hermano abogaba por un mundo con personas desprovistas de lastres morales, con lo que no estarían mal vistos el incesto, la antropofagia, etc., lo que nos pondría más en consonancia con nuestra condición biológica de animales; y el abuelo, las raras veces que participaba, se inclinaba por dos temas favoritos: un Acto de Amor Celeste, que casi siempre consistía en una lluvia de rayos caída del cielo que fulminaba a los curas, inventores de todo lo que no se puede hacer, y destruía hasta el último ladrillo de la iglesia católica, pero misteriosamente dejaba en pie el Banco Ambrosiano, por razones que nunca explicó; y su otro tema preferido era la ubicación del hombre en un punto intermedio de la escala zoológica, de modo que hubiera que pedirle permiso a los monos para —por ejemplo— ir al baño, lo que hallaba muy divertido.

Yo recorría las calles de Almagro, caminando al azar con las manos tomadas a la espalda, sin ningún apuro. Buscaba enamorarme de una muchacha, o un boleto capicúa, o que me sucediera algo maravilloso. Volvía con la caída del sol, sin muchacha, ni boleto, ni nada maravilloso, y me derrumbaba en un sillón. Si todavía continuaba la discusión sobre cómo debería ser el mundo, daba mi opinión (el mundo estaba bien como estaba, y deberían petrificarlo así, lo que no aportaba gran cosa al debate) y dormía una breve siesta.

Por las noches discutíamos con el Flaco, de cama a cama, sobre las condiciones que debería reunir un Ciego Perfecto. Para el Flaco debía desmayarse, además de las otras condiciones, y yo le hacía notar que si se desmayaba no podía —por ejemplo— llorar; él entonces sostenía la tesis de que si bien no podía llorar durante el desmayo, sí podía hacerlo inmediatamente antes o inmediatamente después, convirtiéndose así en un Ciego Perfecto, a lo que yo respondía que nunca había visto a nadie —ciego o no— tropezando, cayendo, sangrando, llorando y posteriormente desmayándose, pero el Flaco alegaba que el hecho de que yo no lo hubiera visto no significaba que no pudiera ocurrir, y así hasta que entraba mamá a taparnos y darnos el beso de las buenas noches.

Sin embargo, quiso el destino que no debiéramos esperar mucho tiempo para coincidir sin la menor sombra de duda: fue la tarde en que un ciego viejo y temblequeante eludió la tanza de arriba, pero se enredó en la de abajo y cayó hacia atrás, dando con la cabeza en el dintel de la señora de Daguerre. Y se murió, claro: nadie podría sobrevivir a semejante porrazo. Con mi hermano nos miramos por un momento, asombrados, y luego, espontáneamente, nos dimos un gran abrazo: sin necesidad de cambiar una sola palabra habíamos descubierto que el Ciego Perfecto es el ciego muerto, lo que nos hizo bullir mil ideas nuevas en la cabeza, allá arriba, en el humilde balcón del primer piso del pasaje Peluffo, contemplando fascinados el revuelo que se armaba en la vereda. Esa misma noche, ambos terriblemente excitados, ideamos las reglas del nuevo juego, que se llamaría Fabricando el Ciego Perfecto, y que se desarrollaría en toda la ciudad durante el día, y a la noche sumaríamos los puntos obtenidos. Fue la época en que la prensa amarilla comenzó a titular sus periódicos con frases espantosas, como "Continúa matanza de ciegos", o "Policía tras asesino de no videntes" y otras del mismo mal gusto, lo que nos obligó a dejar con gran pesar este divertido juego, y a inventar otro cuyos participantes eran niños de hasta tres años con padres descuidados, pero ésa es otra historia."